Durante los meses de verano entra luz por las ventanas de mi casa, son los únicos días del año en los que el espectro lumínico rompe la dicotomía dentro-fuera. Durante estos meses, en unas horas concretas del día, se produce el espectáculo. Desde las tres hasta las cinco de la tarde, en las paredes de la habitación principal, se suceden las sombras. Es curioso que para poder entender la sombra necesitemos la luz. Las sombras del afuera son el espectáculo privado que cada día de los meses de verano se celebra en las paredes blancas de la habitación principal de mi casa.

El dentro y el fuera, lo propio y lo otro. Qué interesante resulta lo transparente, aquello que es literalmente atravesado por los átomos de la radiación lumínica. De pronto, en lo íntimo aparece lo común. De pronto, en los meses de verano me veo obligado a compartir quiera o no, el espacio con el exterior que, de forma obstinada, atraviesa las ventanas y se proyecta ajeno a cualquier circunstancia en las paredes de mi habitación.

En la casa de mi infancia mi habitación estaba en una buhardilla. Recuerdo que al principio me costó un poco acostumbrarme a los techos inclinados, a vivir en un espacio que te obliga a ir agachado. Pero después de los golpes de los primeros días el cuerpo memoriza la altura a la que uno está seguro. Desde esta habitación solo podía ver el cielo, nunca he podido asomarme a la ventana. El azul o el gris celeste

eran los monocromos rectángulos que cada día se dibujaban en el techo. Ahora, después de la experiencia en los meses de verano en mi actual domicilio, me resulta paradójica la sensación de extrañeza que sentía al no ver nada por las ventanas de mi infancia. Recuerdo que era frustrante encontrarme cada mañana dos rectángulos cian en el techo. Sin embargo, ahora pienso que no se trataba de ver, sino que esos rectángulos aburridos, que me alejaban de las distracciones, del show de los transeúntes y de los perros que ladraban, lo que proponían era demoler la intimidad de mi habitación infantil. Lo que allí ocurría era que mi habitación se veía invadida por un afuera infinito, que como polvo en suspensión, se depositaba sobre cada centímetro cuadrado. Lo que allí ocurría era que el afuera infinito alimentaba cada átomo de vida, cada célula vegetal y animal con la que compartía espacio. Lo que ocurría era que esos dos rectángulos azules me expropiaban cada mañana la exclusividad de un adentro que por aquel entonces consideraba impenetrable.